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RESEÑA DEL BEST-SELLER LA CHICA DEL TREN.

DE LA ENVIDIA, EDIPO REY Y OTRAS CATARSIS EN TREN

¿Qué tiene un best-seller para vender miles de ejemplares? La curiosidad y hasta la envidia del hombre cainita que llevamos dentro me arrastran a una librería. Estoy dispuesta a leerme uno de los de este año, novela negra además: La chica del tren. Diecinueve ediciones… yo también quiero… pienso y me muerdo una uña como en el patio del colegio. La chica del tren: Rachel, su protagonista, toma cada mañana el tren de las 8.04 hacia Londres. Yo el de las 9.14 en dirección a Madrid. La complicidad surge entre las dos desde el primer momento. Rachel mira por la ventanilla, yo también… Ve un vestido abandonado en las vías, es de la víctima, me digo mientras busco otro entre las vías cotidianas de la estación de Príncipe Pío… no encuentro ninguno. Es más entretenido ir a trabajar imaginando que uno descubre las pistas de un asesinato… Llego a Recoletos y me da pena bajarme del tren… Rachel, en cambio, no va a su oficina, me he enterado unas páginas más delante de que la han despedido porque es una alcohólica. Su marido la dejó por otra con la que se veía durante su matrimonio. Rachel quería tener hijos y no pudo, por eso empezó a beber y cayó en una depresión… Ahora desde la ventanilla del tren ve la casa que compartía con su ex, hay una mujer cuidando de una niñita… Aquí ya me has adelantado de nuevo, Rachel, aquí ya si que no te alcanzo, ni quiero… Alguno de tus males he padecido, pero no todos juntos. La compadezco… de repente… al tiempo que me aterra imaginar que pudiera ocurrirme lo mismo que a ella. Rachel da un trago a una lata de gin tonic, siento en la boca ese regusto a colonia que siempre me ha dejado la ginebra … me compro un café en el puesto que hay nada más atravesar las máquinas de los billetes… El vaso es de papel… Doy un sorbo… compasión y terror, esos dos sentimientos me ha transmitido Rachel… ¿De qué me suenan? Estoy en la escalera mecánica que asciende del inframundo de las vías, y allí, entre la riada de hombres y mujeres como Rachel y como yo me acuerdo de Aristóteles, de su Poética, compasión y terror eran para el filósofo dos elementos que debía tener toda tragedia que se preciara de serlo.

Guardo a Rachel en el bolso y entro a trabajar en una editorial. Pero retomo la lectura a la salida. Regreso a casa en el tren de las 15.15, Rachel en el de las 14:45. Han aparecido otros personajes femeninos en la novela. Ahora hay varias narradoras, pero no son Rachel, no me enganchan como ella. No hay la misma intimidad entre nosotras.

Avanzo en la trama, tren arriba, tren abajo. Las historias de las tres narradoras son como vasos comunicantes. Las acciones de una repercutirán en la vida de las otras.

Me gusta leer a Rachel en el tren, pero a estar alturas de la novela llega el fin de semana y quiero saber quién es el asesino, como en las novelas de Agatha Christie que leía en la adolescencia. Devoro las últimas páginas en casa, un viernes íntimo, sola, junto a la ventana de mi dormitorio como si fuera la del tren. Rachel bebe vino, yo me entrego al té para estar más lúcida. Hay en Rachel una obcecación por la búsqueda de la verdad, aunque esa verdad pueda costarle un precio muy alto. Y ella lo intuye, pero ha de seguir. Esa búsqueda de la verdad también es una búsqueda desesperada de uno mismo. Otros personajes, su exmarido, un policía, su amiga intentan convencerla de que deje de hacerse preguntas, pero Rachel necesita saber. Rachel es como Edipo, el protagonista de mi tragedia griega favorita: Edipo Rey, solo que ella no comete incesto y se ahoga en alcohol en vez de sacarse los ojos. Edipo, rey de Tebas, se empeña en conocer la identidad del asesino de Layo, el anterior rey, a pesar de que Tiresias, el ciego, le advierte que no continúe con la búsqueda (hay varios Tiresias en La chica del tren). La tragedia llega a su punto álgido cuando descubre que él mató a Layo, quien además era su padre, y se casó con su madre engendrando cuatro hijos que eran también sus hermanos.

Hay en el desenlace de la novela otro de los elementos de la tragedia griega, y éste de lo más efectivo: la anagnórisis. Consiste en el cambio de saber de un personaje, produciéndose así el momento más dramático del texto. No desvelaré más porque la anagnórisis va muy unida en La chica del tren al descubrimiento del asesino. Junto a la anagnórisis encuentro otra elemento que suele acompañarla, la peripecia: un giro dramático e inesperado en la trama. Sin embargo, aunque inesperado ha de ser necesario, y es aquí donde encuentro que de pronto la chica del tren deja de funcionar en su estructura, en su engranaje que parecía sin fisuras. De pronto Rachel me parece un poco irreal, un personaje, y nuestra complicidad comienza a flaquear. No se han sembrado las semillas argumentales necesarias y el final del libro resulta impostado, precipitado, ajeno al lector.

Nuestra heroína que llevaba desde el principio del texto colgado el cartel de antihéroe, ha encontrado la verdad. La verdad duele, purifica, libera. Aunque lo cierto es que la verdad de La chica del tren al final no llega a convencerme.